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Con la música por el pecho; por Willy McKey #CaracasEnContratiempo | @Prodavinci

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Una de las crónicas de la edición anterior de Caracas En Contratiempo arrancó desde el cerebro, preguntándose cuál es el lugar al que llega la música cuando se nos mete en el cuerpo:

“Es imposible medir todas las consecuencias de un sonido. La música, cuando entra en el cerebro, se hace lugar en el nucleusaccumbens, que es la misma región donde confluyen las adicciones, las recompensas, la libido, el deseo. Es decir: el placer. Esos sonidos que se cruzan y dejan al silencio atrás sólo son capaces de ir sumando siempre que usted se permita el goce de la experiencia. Es entonces cuando los sonidos se vuelven recompensa: dopamina sonora, música, placer”

Quizás este año las condiciones estén puestas para otra cosa. Preguntarnos, por ejemplo, desde dónde es que sale “eso que tanto se ha defendido como la noción de la identidad de nuestra música” y que “no es otra cosa que coincidir en los placeres”.

Hay demasiados sonidos que hoy nos necesitan poniendo el pecho y haciendo algo más que ruido.

El lounge que sirve de pórtico a la sala más grande del Trasnocho Cultural es demasiado oscuro para esta alegría que vuelve a juntar a mucha gente. Es natural que una zona más iluminada (las escaleras que están entre el restaurante y la venta de cotufas) se convierta en la redoma emotiva de quienes no hacen cola antes de tiempo.

Con ser cuidadoso y pasar la mirada con detenimiento, en cada pequeño corrillo de conversación se puede identificar a alguno de los nuevos maestros de la música venezolana contemporánea. En éste, por ejemplo, hay cuatro. Son casi las siete de la noche y surge la primera pregunta:

— ¿Es común esto de arrancar un festival con puros ensambles?

— A mí me gusta. Incluso, en la edición pasada se arrancó igual, ¿recuerdas?

— Cierto, cierto… ésa vez fueron Dos Arpas Cuatro ManosEl Nenegro Juan Manuel

— Los chamos de Quintillo

— …el Jorge Glem TríoLos Chacón y C4 Trío.

— Pero hoy las matemáticas no dan…

— ¿Cómo es eso?

— Pilla: hoy los de Quinteto menos 1 están completos, los de Quintillo Ensambleno son cinco: siempre son seis pero hoy hasta tienen a un músico más…

— Y ustedes, los C4 Trío, son un cuarteto.

— Igual, si promediamos los tres ensambles, da cinco y piquito…

— ¿Te fijas? Éstas son las vainas que uno extraña con el corazón estando allá afuera…

Edward Ramírez, Héctor Molina y Gonzalo Teppa hablan con Álvaro Paiva Bimbo mientras llega Jorge Glem. Caigo en cuenta de que hablamos como si estuviera a punto de empezar el primero de los conciertos de esta edición del Festival Caracas En Contratiempo. Pero todo empezó hace tres horas en la otra punta de la ciudad. En el Teatro Catia, el trío de Aquiles Báez más la asombrosa Betzaida Machado habían arrancado la afinación de la ciudad completa, con la complicidad de Alfredo Naranjo y esa máquina sonora que es El Guajeo.

A las cinco de la tarde, con el sol empezando a bajar justo por el oeste, mientras Aquiles Báez tocaba su referencial “A mis hermanos”, una voz del público se levantó gritando “¡Gracias por venir a Catia!”. A las siete y treinta de la noche, cuando Ramón Castro empezó la presentación del concierto de ensambles en esta sala de Las Mercedes, su voz confiesa que a él quizás le habría dado miedo moverse hasta esa parte de la ciudad. Es la maravilla de esta semana… mejor dicho: es el milagro de esta docena de días que empiezan hoy: una excusa bien afinada se convierte en un artefacto para demoler paradigmas absurdos, barreras invisibles.

La ciudad reclama una cartografía hecha con el alma y los músicos están dispuestos a trazársela.

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Una de las ventajas de sentarse en las últimas butacas de un concierto es que sólo desde allí se puede entender el efecto físico que la música genera en quienes han decidido acordar con ella. Digo acordar porque la palabra concierto también esconde dentro de sí ese significado.

Hay una cantidad de filas que confiesan su impaciencia sin apuro. Son las zonas del aforo donde están sentados los familiares e invitados de los miembros de Quintillo Ensamble. Hoy presentan su primer disco y por eso la producción los ha dejado para el final del programa. Abre el Quinteto menos 1, hoy envenenados con ese prócer de la percusión llamado Nené Quintero. En medio estarán los tipos que empezaron a convertir la música hecha aquí en un espectáculo contemporáneo, vivo y que le perdió el miedo al legado del pop, ganándose a medio país en cuatro cuerdas: C4 Trío. Tienen montada una versión de “Receta de samba” para arrancar y en el ensayo sonó brutal. Los muchachos del Quintillo no la tienen fácil para cerrar.

La música de los ensambles depende de la complicidad y el afecto entre sus integrantes. Parece una frase de autoayuda, pero las frases de autoayuda suelen ser lugares comunes y los lugares comunes suelen ser verdades desgastadas, pero verdades. La primera pieza del Quinteto menos 1 sirvió para lo siempre urgente: verificar que la tecnología se ponga del lado del bien y mostrarle al público lo que trae la noche. Lo lograron. Le siguió “Te prometo”, una pieza melódicamente conmovedora que le permitió al clarinetista Alberto “Cheché” Requena hacer que todo cuajara como se esperaba.

No sólo había empezado el concierto: también la sorpresa en los asistentes.

Es famosa la versión que hace este ensamble de “Años dorados”, el tema del mítico Jobim. Incluso, Miguel Siso dejó saber que este tema fue el pasaporte con el cual Aquiles Báez los invitó al festival. Contarlo puso al auditorio atento y desde el arranque parejito hasta la variante final fue brillante. Tanto fue el poder del ritmo que el técnico que tuvo que entirrar de emergencia unos cables de la percusión de Quintero pareció escoger el rollo de cinta que estaba en el tono de la pieza: cada una de las tiras que cortó sincronizaron con el tempo y la cadencia de Jobim.

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Un cuarto tema (un tema de amor) convocó la complicidad entre Lucas Sánchez y Miguel Siso. No quiero arruinar la experiencia de quienes no han visto al Quinteto menos 1 diciéndole cuál es la historia que está detrás de esta pieza llamada “Sonidos de la ausencia”, pero una mujer se puso de pie al terminar el tema y cada una de sus manos iba de la altura del corazón en su pecho hasta la boca, volviéndose un beso viajero que le daba al maestro en la boca.

Como el tema no tiene arreglo para clarinete, el amor sacó a Requena momentáneamente de tarima. Pero su vuelta fue brutal: un joropo compuesto por el maestro Gonzalo Teppa titulado “La tijera” que se ha convertido en una de las más interesantes maneras de demostrar que hay un clarinetistade los buenos en la sala.

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No había visto a Gonzalo Teppa con los C4 Trío. Desde que ese mutante del bajo llamado Rodner Padilla rebosó la frontera caribe, es el maestro Teppa quien se encarga del asunto. No pudo escuchar una de las mejores ejecuciones de su joropo. Subió a bambalinas cuando la primera parte del concierto de hoy cerraba con “Horizontes”, de Miguel Siso.

Mientras sonaba “La tijera”, él estaba viendo como un muchachito una bolsa con diez copias deSinergia, el disco que presenta el 30 de julio en el calendario del festival. Varios de los músicos de hoy forman parte de ese disco. Cuando Jorge Glem le pregunta cuál es ésa canción “Mar de la Virgen Bonita”, Teppa se la tararea y convierte a Jorge en otro muchachito, lo ponea cantar bajito mientras camina ceceando hasta su cuatro.

Ya saben con qué iban a arrancar estos virtuosos. La “Receta de samba” es atiborrada de ají dulce, cilantro y comino. C4 Trío, luego de mucho trabajo que se debe a los maestros anteriores, ha redimensionado el cuatro y nuestra música a una universalidad que todavía en regiones creativas como el arte plástico, el cine y la literatura padecen de complejos. Ya estos no son los tímidos ejecutantes que Aquiles Báez escuchó por primera vez en la casa de Irene Trujillo, cuando Rafael Martínez formaba parte de la pandilla.

Han espesado tanto como sus riesgos y sus composiciones.

El repertorio no hace sino legitimarles cada abolladura conseguida durante el trayecto: después de la “Receta de samba” tocaron su versión de “Norwegian Wood” de The Beatles. Después, gracias al humor alcanzado en la complicidad, trazaron la ficción de un barloventeño llamado “Estebita Maravilla” a quien la fama convirtió en el autor de la insobornable “Isn’t she lovely”.

La versión de ese tema de StevieWonder es apenas un eslabón de muchos. Un sorprendentemente contemporáneo zumba-que-zumba fue la cuarta pieza: “Zumbacumlaude”. Se la dedicaron al padre de Cheché Requena. La razón no es poca cosa: ese clarinetista que los había sorprendido a todos minutos antes unas horas atrás tenía a su viejo en un quirófano, en una operación a corazón abierto.

El médico de esta trama estaba en la sala esta noche, oyendo a los amigos de un hijo dándole las gracias como si el padre y el corazón fueran de cada uno de ellos.

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El padre de Héctor Hernández, uno de los integrantes del Quintillo Ensamble, debe medir casi dos metros de alto. Para él es imposible pasar desapercibido, así que quienes hemos visto tocar al grupo de su muchacho sabemos que si no ha ido a todos los toques, por lo menos ha estado en una buena parte. Lo mismo pasa con la mamá de Héctor, con las familias de los otros muchachos que desde la edición pasada del festival (cuando el mayor de ellos apenas superaba la barrera de los veinte) se han convertido en mucho más que una sorpresa: son un síntoma de la dirección correcta, de que esto vale la pena, de que no hay un mejor contratiempo que el que nos convoca para una buena noticia.

O seis.

O siete.

Sucede que esta vez Orestes Gómez, el percusionista del grupo, no sabía si podía acompañar al resto de la camada en la presentación de un primer disco que costó mucho conquistar, así que Núñez sirvió de refuerzo. Pero al rato la escena completa, con tres coristas y un solista sumándose, dejó de ser una banda y se convirtió en una conveniente ventana, en un paisaje adelantado, en un teaser de lo-que-viene.

Este concierto empezó con Nené Quintero agitando en el aire una zumbadora, como quien celebra que algo se inicia. Ese instrumento musical era bandera de San Juan, era celebración de camino, era señal vista en la distancia. Termina con Orestes Gómez tocando, en un rincón, un udu, ese jarrón de arcilla que suena a vuelta a la tierra y a origen, a encuentro, a concierto.

Dos señales sueltas con el mismo sentido: la música en esta segunda edición de Caracas En Contratiempo está puesta en el pecho por una razón tan simple como un latido: ella se pone donde más la necesitemos.Pasa lo mismo en cada pecho: en los de Catia, en los de Las Mercedes, en los de los pendulantes que hoy queremos afinarnos contra el miedo.

A veces al tiempo le hace falta que le demos con la música por el pecho. Ya es julio, señores: comenzó Caracas En Contratiempo.

Latiendo.